El término fobia ha sido utilizado para referirnos a reacciones de ansiedad frente a situaciones que no suponen un peligro real, es decir, se trata de un miedo desadaptativo (en contraposición al miedo o ansiedad adaptativos producidos por estímulos que suponen una amenaza real para el organismo).
Podemos diferenciar tres grupos de fobias: la agorafobia, la fobia social y la fobia específica. En este apartado nos centraremos en la fobia específica dejando los otros dos tipos de fobia para apartados posteriores.
La categoría de fobia específica se refiere a aquellos miedos fóbicos que son provocados por situaciones concretas, como por ejemplo, la claustrofobia (miedo a los espacios cerrados), la hematofobia (miedo a la sangre), xenofobia (miedo a personas extrañas), nictofobia (miedo a la oscuridad), acrofobia (miedo a las alturas), y un largo etcétera.
La respuesta de ansiedad provocada por la situación, o por la anticipación de la misma, es desproporcionada, no se corresponde con la presencia de un peligro real y no puede explicarse ni razonarse. La persona no puede controlar dicha respuesta de ansiedad y normalmente escapará o evitará las situaciones temidas o sufrirá un intenso malestar en su presencia. Para que tenga lugar el diagnóstico del trastorno, estas reacciones han de persistir a lo largo del tiempo interfiriendo en la vida de la persona.
Aunque las personas con fobia presentan diferentes patrones en las reacciones cognitivas, fisiológicas y motoras, algunas de las respuestas más comunes son las siguientes:
| Nivel fisiológico |
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| Nivel cognitivo |
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| Nivel motor |
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